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PerroTrabuco
Blog de wichojaime quien escribe todo lo que cree saber de su pueblo, Mayarí, al Oriente de Cuba.
03 de Febrero, 2011    General

El cazador de bandidos. Cuento corto


 

                        El cazador de bandidos

 

 

“…y me quedo de bandido en el monte

si quieren otra vez acabar esto con infamias”

                                                              ZEFI,1895

 

                    

   Están sentados los cuatro hombres a la mesa circular en la Fonda de Francisquito, el dominicano noble y trabajador que hizo algún ahorro tumbando madera de los montes cercanos al Arroyo Juan Vicente, en el aserrío de Don Juan Grau, con cuya minúscula fortuna  principió su negocio pequeño pero limpio y de gran concurrencia. Tres son los comensales que se afanan por brindar información al extraño que la solicita, un forastero con polainas altas, sombrero alón, pelo escaso, barba al pecho, muy negros los ojos en las cuencas profundas y con aspecto de militar retirado, quien haciendo alarde de hombre próspero invita a todos a comer lo que gusten y ha dejado a propósito sobre el mantel su revólver y varias monedas de oro. El desconocido indaga sobre la identidad de un bandido alzado en los montes lindantes al caserío.

 

   Es el negro José María quien decide dar la primera pista.

 

   __ El hombrín que usté rastrea tiene un ojo vano, arresulta del plomo que le rozó y dejó vacío, y así corretea el charrascal de la manigua, como si ná, oí decir.

 

   __Y también comentan que le falta una pierna y sin ella marcha por esos montes del demonio y su muñón le sale deforme por la poca indumentaria y se sabe que fue en la Guerra Chiquita del setentinueve  que lo trozaron del muslo para bajo y así mismo de un brinco como un torbellino montó la potranca y dejaba  con todas las ganas a la guerrilla que le seguía el rastro de sangre sobre la yerba y que los perros olían desesperados  y  andaban jadeantes por la carrera y le dieron alcance a dos leguas del caserío – habla así, apurando la palabra, el Galleguito de los Pérez.

 

   __ ¿Y lo atraparon? – pregunta el forastero.

 

   __ ¡Qué van a coger! Se metió en la cueva del asiento de Seboruco y desapareció porque va y el muy bandido le encontró la otra salida que dicen la tiene pero nadie sabe dónde… nadie sabe - acaba diciendo el Galleguito.

 

   __ Yo oigo la gente, que dicen casi no tiene dedos pa’ sujetar el machetín y con tó y falta, ni teme ni debe - asegura el negro José María.

 

   __ Vengan acá, señores ¿Ustedes me están hablando de un hombre, o qué?

 

   __Sí señor, aquí se habla de un hombre, del mismísimo Alcibiade Laguna que antes de ser matrero fue soltando los pedazos del cuerpo en la guerra  pasada como le cabe a un hombre valeroso - se exalta, con la boca llena,  el nombrado Fidencio.

 

   __ Ese hombre tiene la armazón del cuerpo sana pero su alma quebrá – dice desde su esquina el viejo Nicanor.

 

   Y el Viejo Nicanor sabe de peleas contra enemigo superior en número, sabe de hombres que montados a caballo espuelean seguido hacia un grupo cerrado de fusileros  españoles. Sabe de valor y miedo, de muertes encontradas mientras se buscaba la vida.

 

   El extraño levanta la cabeza y dirige la vista  hacia el anciano por el filo de su sombrero de alas anchas que le oscurece aún más la cara y los ojos. Entonces se pone de pie y va en su dirección, hacia el Nicanor siempre recogido y sin deseos de hablar, en la esquina del salón junto a su machete enorme que asegura fue regalo del General Arcadio, después del combate de Yabazón Abajo, para 1875.

 

   __ Don Nicanor habla – comenta el Galleguito con asombro mirando a sus compañeros de mesa, y todos quedan expectantes porque pocos le han conocido el timbre de voz al veterano Nicanor. Temen, no obstante, que los dos soldados españoles y un soplón que permanecían de pie en la puerta, vigilantes, fueran a informar al Comandante de la Plaza sobre el tropiezo del viejo con el extraño.

 

   El de las polainas y cartuchera al cinto también nota a los soldados y les echa una mirada de contubernio. Atrae un taburete y toma asiento junto al Nicanor de poco o ningún diálogo. Con un dedo alza levemente el sombrero que lo cubre, saluda, y en la cara se nota cordialidad. Nicanor es escurridizo, casi mudo, pero sagáz, y el forastero le inspira la conversación. Por eso se atreve, habla despacio, sereno:

 

   __ Hay vece que un hombre, resuelve ser bandido - dice.

                                                                                                             

   __ Tiene que haber alguna razón – comenta el forastero.

 

   __ La hubo…

 

   __ ¿Se puede saber cuál? ¿Qué razón hay para andar por el mundo metiendo el miedo en las propiedades  de los hacendados españoles y ganando enemigos  en el gobierno?

 

   __ Usted va y le pregunta concluye Nicanor.

 

   El hombre de las polainas se levanta, duro el semblante, sabe que el viejo no tiene más que decir, y hace la propuesta a los presentes señalando las monedas que brillan sobre la mesa y entonces plantea la base de su negociación.

 

   __ Una de estas ahora mismo al que me sirva de acompañante, y tres más cuando lo encontremos.

 

   Nadie se mueve. Nada más los ojitos negroamarillentos de José María van del hombre a las monedas, a los otros, y de nuevo al hombre. El cazador de bandidos le desnuda la mente, por el fulgor de la necesidad, destellando en las pupilas. Adelanta un paso y entrega al negro que sin duda alguna será su  práctico, la paga adelantada.

 

   __¿A qué hora podemos partir?

 

   __ Ahorita son la cinco – asegura  José María,  sin dejar de manosear el oro - si le andamo diligente, a eso de caer la noche ya tropezamo charrascale. Y pa’ seguir tiene que salir el sol.

 

   Los demás quedan en silencio, las miradas se cruzan desaprobando al negro José María; pero este se adelanta con el pensamiento turbio y trata de mejorar lo que piensan los otros a su favor.

 

   __ Señore, el Alcibiade ese é jun bandido - dice, aunque inseguro de sus palabras - Acá el señor me hace reclamo de acompaña, con buena paga.

 

   Sin embargo la débil razón expuesta no convence a sus amigos. Fidencio, que no dejaba de tragar, y el Galleguito que apura su trago, se escurren sin comentarios, demuestran sin palabras que no apoyan la acción.

 

   Pasadas las cinco de la tarde ya cabalgan con rumbo sur, hacia la Sierra de Nipe. Al arzón de la silla del cazador de bandidos un fusil Winchester, y a las ancas capa de goma envolviendo avituallamiento. El negro José María conoce de montería y de salteadores de caminos porque él mismo alguna vez fue uno de ellos, va descalzo con vestimenta ligera y lleva únicamente un machetín a la cintura porque confía en su olfato que de rastreador mañoso tiene, con su nariz ñata, ancha, de grandes orificios, y la piel seca de ébano que le apesta a potrero. Esas son suficientes armas para detectar peligro, escabullirse si lo precisa o disimularse con el poder del chipojo.

 

   Llegados a las estribaciones montañosas de Nipe serpenteando el Arroyo Guayabo, deciden acampar con la noche que les llega por detrás. El limpio cielo estrellado los cubre pronto y los cánticos discordantes de las tinieblas con luna en llenante no dejan pegar un ojo al negro José María que teme al sonido de la oscuridad, al majá que pía como los pollitos, según oyó decir, o la ranita silvadora, y otras que campanillean, o al canto del Guabairo bocón que en vuelo sigiloso agarra al aire su comida nocturna. De todo aquello recela el negro porque se anuncian sin presentación. Teme a todo lo sigiloso, menos a los hombres cuando le salen de frente.

 

__ Pero peor está él - se dice- cuando avista al pintoresco cazador de bandidos, erguido toda la larga madrugada, próximo al arroyo empedrado de canturreo perenne propio de su discurrir. __ ¿Dormirá parao como el caballo?- se pregunta el negro - y en estos pensamientos desvelados amanece radiante y fresco el nuevo día.

 

   __ ¿Cuál daño hízole tal foragido ? – pregunta José María, en la cabalgata cuesta arriba, con el monte por delante cerrándoles el paso.

 

   Silencio.

 

   __ Al sobrino carnal de Don Evaristo del Campo que goza de hacienda en Arroyo Hondo,  quitóle su bolsa y luego luego metió fuego a la cosecha del tabaco, dicen…

 

   Silencio.

 

    __ Que yo haiga escuchao sólo arremete y roba al potentao… ¿Eso é cosa de patriota o de robón? ¿Qué dice su mercé?

 

   Silencio.

 

   En lo alto los peñascos de caliza se pegan a la floresta tupida, ramajes espesos que a tramos deja libre la tierra en donde se forman los trillos a fuerza de la constancia. Allí se elevan apuntando bien arriba hacia las nubes blancas, los más estupendos árboles de la sierra nipeña, desde el Jobo que da el fruto como de ciruela, el Ocuje florecido de ramilletes olorosos, o la Caoba de tronco recto. Y si los dos hombres se descuidan les golpea el pecho la enredada maleza de bejucos y hasta puede que los derribe de las excelentes bestias aunque aquel par de montunos conoce y domina la espesura. A ratos, continúa José María sacándole plática al insólito cazador.

 

   __ Por ahí dicen quel cuatrero quedóse en la manigua porque traicionao fue por  su mima gente, que acabaron la guerra grande amigao al enemigo.  Va y a lo mejor  llevan razón.

 

   Y como al silencio el otro se aferra, el negro se anima al soliloquio.

 

   __ Dicen que salen fea por toíto su cuerpo montón de llaga del sable español, y  hasta carga una bala entre pellejo y frontal porque no pudo romper hueso y meterse adentro…y ahí lleva su bulto…Bueno,  eso dicen.

 

   En el inmenso azul celeste salpicado de algodón que los cubre totalmente en un día que parecía expléndido, se arremolinan nubarrones tormentosos. Los dos jinetes observan la cercanía de los farallones que sirven de refugio al conocido malhechor, por sus muchas cavernas, aguas dulces de manantiales y abundantes frutas cimarronas, aunque es inaccecible paraje cundido de picapica, zarzales trepadores y el guao maligno que sorprende al desentendido y muy dañino resulta a la piel.

 

   __ Desmonte y siga el sendero ordena el cazador de bandidos Se llega usted hasta aquella ceiba y grita: ¡ Aquí vengo de intermediador!

 

   __ ¿De queeé? – pregunta el negro muy asorado.

 

   __ Usted nada más tiene que decir eso¿Entiende? Usted grita: ¡Aquí vengo de intermediador! Y espera que salga el bandido.

 

   Al negro José María le tiembla la bemba repitiendo en silencio la fracesita difícil, pero no logra por más que se esfuerza llegar a pronunciarla, y mohíno solicita asistencia.

 

   __ Puede que aiga otra cosa por decir que José María  pueda decir.

 

   __No la hay – asegura el hombre con la vista fija en los charrascales – Cumpla usted con su parte, yo cumpliré con la mía – acaba diciendo con terquedad.

 

   __ ¿Y si el hombrín me sale a la brava, echando plomo?

 

   __ No lo hará. Nunca disparó a indefensos ni a su misma raza y condición.

 

   Y por el sendero se introduce el negro guiador seguido de su bestia, repitiéndose la frase imposible y renegando su participación en aquel asunto que apestaba a pólvora. Al llegar frente a la gigantesca ceiba monta en su caballo y hace lo indicado, poniendo sus manos de bocina para emitir la contraseña que debía sacar con vigor a pesar de toda la dificultad. Y grita:

 

   __ ¡Aquí no ma’ vengo yo pa’ servirle a usté de intermedio! – sonríe complacido y se endereza muy tieso en la montura para escuchar la respuesta.

 

   Silencio humano. Sólo una parvada de codornices le sale casi debajo del cuadrúpedo por entre los matojos secos del sendero, con estruendoso batir de alas que le hace brincar por dentro  lo poquito que tiene de asombro el negro, ahora convertido en buscador de bandidos.

 

   __ ¿No hay hombre que me devuelva contestación? – pregunta mientras va   envalentonándose.

 

   El negro José  María siente la bala silvándole el sombrero de yarey sin haber escuchado antes el disparo, que luego llega tardío como sucede con el trueno y la descarga, y eso posibilita que se le abran las entendederas cuando vocifera:

 

   __¡Aquí vengo de ininterme-dia-dor!

 

   Silencio, silencio seguido de piedras que se desprenden bajo el peso de quien camina. Palomas rabiches espantadas, la bandada de pájaros totí huidizos con su chillido desagradable. Y de pronto aparece en descubierto el connotado bandido. Sale a su lado con el rifle cargado y apuntando amenazante hacia él.

 

   __ ¿Quién me procura?

 

   __ No soy yo su señoría – alega el negro y añade seguido – Allá detrá quedó el hombre que lo procura. Dice que a cazarlo viene…

 

   __ ¿Y quién  tiene lo que hace falta para cumplir lo que dice?   

 

   __Soy yo – habla fuerte el forastero caza bandidos que ha salido de entre los matorrales que acordonan el lugar - Soy yo quien viene en su busca.

 

   Se oscurece el cielo que antes fuera de mucha luz. Retumban algunos relámpagos en la cumbre de la montaña. La lluvia muy fina y refrescante se precipita en oleadas de vientos. El agua corre por los sedientos pedregales. Se mojan los cuerpos tensos de los tres hombres que apenas sienten su efecto refrigerante. El harapiento Alcibiades Laguna toma la delantera y habla sin apartar el ojo de la mirilla de su rifle que apunta al cazador.

 

   __ ¿Me viene a buscar a la buena, o llevarme a la mala?

 

   __ Usted se viene conmigo de la única forma que Usted sabe y yo conozco - contesta el cazador sin que se le note miedo, y el negro José María que ha quedado entre los dos, se inquieta y reclama su pago del contrato,  exclamando corajudo:

 

   __ Yo ya cumplí lo mío. Usté señor cazador, me paga ahora y acaba luego lo suyo.

 

   El cazador de bandidos asiente y le lanza la bolsa contenedora de la recompensa prometida. El negro la alcanza con destreza en el aire y palpando su paga inicia el regreso en contra de los azotes del temporal. Pero al dar unos pasos su caballo, el negro piensa - ¿Y si me regreso y veo cómo acaba esto? - Hace contramarcha pisando la huella, alcanzando escuchar el encuentro de los contendientes. Pero… esta historia es mejor concluirla donde comenzó, en la Fonda de Francisquito, el dominicano de noble semblante, y dejar que la describa el propio negro José María, a su manera, a sus intrigados compañeros del barrio de San Gregorio.

 

   Cuenta el negro desde entonces:

 

>Por ahí andábamo el caza bandido y yo por terreno propio del  renombrao            Alcibiade Laguna del que dicen cuatrero.  Y el hombre va y me manda de acomodo pa’ entablar el habla entrambo. A enfrentar la muerte me apreparo mientra el cazador quedaba a  retaguardia pa’atraparlo, asegún me dijo. Y entonce yo grito: _Aquí toy yo pa’ servir de intermedio_ Y el hombrín no sale a la primera, y de contra me fueguea, que no me abate de puro milagro porque dicen puntería sobra. Y desatiendo la idea que me viene  de echar carrera y é cuando yo  grito enseguidita: _Aquí vengo de interme-dia-dor_, como mimito el cazador dijo que dijera ... entonce el bandido salta al claro y me apunta, y lo veo como ahora a ustede a una vara si acaso. Y el hombrín no parece  critiano que haiga nacío de mujer, con barba y pelo enmarañao, ropaje a puro empate y deslichao, con pareja de pieses, pero uno en carne viva por la caminata sin amparo. Un palo bajo el sobaco le hace la contra, y un ojo abierto, otro gacho…¡Una calamidá, si señor! Pero al hombre hay  que mirarle la otra cara, la que tiene el hombre no pa’ salir sino pa’ llegar; no de matrero, de hombre, quieto, bravío, sin ná que tapar ni temer y un hombre lleva por afuera lo mimo que por adentro, palabra de Don Nicanor. Y así que voy ojeándole de arriba-abajo, aguantando su facha en aguardo del otro, que al rato llega pero desarmao, oigan bien, desarmao el hombrín, apena con su etampa de hombre y dícele: _ yo vengo en su buca _ y el otro _¿A la guena o a la mala?_ y el cazador_ Viene conmigo a como dé lugar _ Se ojean de frente. Fijo se ojean largo y tendío, y yo del arrebato que asoma pa’ entablar pelea y le adivino al cuatrero su plan. Entonce pido mi ganancia pa’ salirme del medio. Y agarrando la paga hago como quien se va pero me quedo, por aquello de mirón que me nació de chiquito. En tanto dire y direte pasa su tiempo y el aguacero cayendo completo, é cuando dice el cazador _Usté se viene conmigo de toa manera, Alcibiade _ y al que culpan de bandido habla ligero y alto pa‘ que lo oigan lejo: _Usté al parecer sabe tó lo mío pero yo no tengo guto de conocerle _ y el otro a lo bajito:_ Va y a lo mejor sí, si le queda memoria y no la etrabió con la soledá _ y el que dicen cuatrero _ Soledá é nombre de mujer y no hay mejor acompaña pa’ un hombre _ y el otro entonce _ Pue yo soy el Coronel Pineda que anda en buca del hombre que llaman Alcibiade Laguna – y Alcibíade dice - ¿Y pa’qué, si se pue saber? – y el cazador - A mejorarlo, que ya fue suficiente sacrificio y estamo a punto de romper el corojo de otra guerra y Cuba precisa de su machete... Ciudadano Comandante _ le dice, y miren como yo me erizo. Y mientra habla se apea, quita sombrero, quita el capote, y el cuatrero que  resulta comandante lo reconoce sabe Dio de aonde _ Coño, pero miren quien é carai _ dice y suelta su rifle y se ajunta con el coronel que no é cazador ni un cará, de amigo. Y se abrazan a pura palmada de aprecio. Y el coronel  declara que lo del Zanjón del setentiocho debía tomarlo como retardo pa coger resuello, que la traición no fue cosa de mayoría ni mucho meno de cubano bueno como él, sino de poquita gente que la iba pagando con pena ahora en el noventitré. Y se arrecuerdan de un puñao de cosa de atrá, de cuando el monte era del mambí y montón pila de cosa que yo oigo y me arrimo a la conversa por curiosiar, porque de bandido, digo y redigo no pintaba  el hombrín, y entonce el coronel me habla, contento _ Te presento al comandante Muñón _ me dice _ que ha peleao por Cuba libre y hecho mucha obra de bien y ninguna mala de que le acusan _Carijo _ digo yo pa’ dentro_ El mismitico Muñón de la Juliana, Comandante de caballería de la Partida del Coronel Pineda, afamao que fue por su bravura ¿Y de aonde aquello de llamarlo Alcibiade el cuatrero? Eso segurito lo planeó el cubano malo pa’ engañar al cubano bueno…y por no conocer lo justo y sano del que tenían por torcío y etropeao. Vean que al rato de conocerlo no pienso igual y ya lo voy viendo ditinto y diferente y se me hace la idea que cuando llegue la hora, me le sumo a la partida del renombrao Comandante Muñón que de bandido no tiene porte ni figura, y sí de un hombre cabal que no pudieron separarle del cuerpo lo que de macho había de sobra en él, si señor.<

 

 

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publicado por wichojaime a las 02:59 · 7 Comentarios  ·  Recomendar
 
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Estupendo!. De lo mejor que he leido de ti. Tienes en ascuas a las personas hasta el final. Genial, Wicho
publicado por Rafael Sanchez, el 18.04.2011 15:25
Estupendo!. De lo mejor que he leido de ti. Tienes en ascuas a las personas hasta el final. Genial, Wicho
publicado por Rafael Sanchez, el 18.04.2011 15:25
BARBAROOOOO, AMIGO WICHO.
publicado por Orlando, el 23.04.2011 15:10
Gracias a mis amigos Rafael y Orlando, gracias por estimularme, en verdad lo necesito.Bye...Wicho
publicado por luis jaime saiz, el 23.04.2011 17:46
Compañero Wicho, usted se ha ganado un esstimulo por sus obras. Puede pasar por la UNEAC territorial y posteriormente por la CTC para retirar un bono para una botella de Coronilla en el Giron.
publicado por Orlando, el 25.04.2011 17:51
Orlandito,me hiciste recordar el disparate de los estímulos Cheanos(por lo de Ché, su promotor, y la otra parte por sus resultados)¡Qué tiempos aquellos compay gallo!Me diste un pie forzado, escribiré en este blog sobre unos estímulos que recibí o pude recibir, creo que será dulce y agrio para el recuerdo de todos. Bye, gracias por animarme...Wicho.
publicado por luis jaime saiz, el 25.04.2011 20:50
ARRIBA WICHO, ADELANTE CON EL PIE FORZADO.
EL COMPAÑERO CARLOS PEREZ, DIRECCTOR DE INCULTURA DE NUESTRO MUNICIPIO LE HARA ENTREGA DE UN PRESENTE EN ACTO QUE SE LLEVARA A CABO EN LA PLAZA ROJA. LE SERA ENTREGADO UN TURRON DE COCO (MUESTRA DE NUESTROS ANTEPASADOS) PROCEDENTE DEL ILUSTRE MERCADO DE LA ENTRADA DE LA CAPITAL MUNICIPAL, MERCADO DIRIGIDO TAMBIEN POR EL ILUSTRE CARLOS.
publicado por Orlando, el 26.04.2011 13:07
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Luis Jaime Saiz

Coleccionista de lapiceros. Me gusta la pintura, la música,la comida,jugar con mi nieto,leer y escribir.

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